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En el trabajo de Cristina se jubila un compañero, han organizado un aperitivo en su honor. A ella le encanta la idea y le gustaría compartir ese momento con todos los demás, pero justo ayer comenzó una nueva dieta y hoy toca comer ensalada y filete a la plancha. Sabe que si se queda va a picar cosas que no puede permitirse. Al final,  después de darle muchas vueltas,  decide poner una excusa y marcharse antes de que empiece. Fastidiada.

 

Inés también está a dieta cuando sus amigos quedan para cenar en su restaurante italiano preferido, van a festejar un cumpleaños. Ella decide ir, pero con un plan. No está dispuesta a saltarse la dieta esta vez. Orgullosa de su determinación y fuerza de voluntad  se lleva al restaurante  un túper con  lo que toca (verdura cocida y pescado a vapor). Mientras lo come ve pasar por delante los platos de pasta y pizza que adora y ese olor a horno… Uno  a uno da explicaciones a todo el mundo (que le mira con cara de pena) del porqué de su comida. Cuando llegan a los postres tiene ganas de llorar y de marcharse cuanto antes.

 

Quizás os suenen este tipo de  historias que son bastante comunes. Nuestra mala relación con la comida  nos puede aislar de los demás. No es tan raro hombres y mujeres que deciden no salir con amigos para no comer cosas “que no deben” o no se reúnen en familia  para evitar las comidas que prepara la abuela que siempre dan ganas de repetir.

Es otra muestra más del sufrimiento que conlleva intentar controlar la comida y la cultura de las dietas. Sufrimiento que desemboca en ansiedad y muchas veces en pérdida de control.  En muchas ocasiones este tipo de situaciones de aislamiento nos arrastra hacia emociones negativas de soledad, tristeza y ansiedad que terminan en pérdidas de control y atracones con el sentimiento de fracaso asociado.

Hemos desnaturalizado tanto nuestra relación con la comida que el acto de comer pierde su función social. La cultura de las dietas  hace que  comer sea  algo individual e intelectualizado.

La comida tiene un rol fundamental en los intercambios afectivos y sociales. Los amigos son los que comparten el pan. Vivimos en una sociedad donde hay comidas familiares, cenas de pareja y  desayunos de trabajo.  Y debemos disfrutarlo.

No compartir nuestra comida nos hace cortar lazos con los demás.

 

Comer con lo demás de un modo sereno  y apacible nos ayuda a regular nuestra ingesta  y nuestro peso.

 

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